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21 septiembre 2013

Down Under de Bill Bryson



En uno de los capitulos de su libro sobre Australia, ya hacia el final, Bryson llega a Queensland con un amigo de Londres, Allan, a quién, una vez ya aterrizados y con gran regodeo, se dispone a informar de los peligros en los que la flora y la fauna de Australia te pueden meter. Es uno de los pasajes que he econtrado más divertidos, porque en su momento yo fui el tal Allan también.

Veréis, hace ya años y cuando a nuestro estado le importaba un mínimo nuestra educación, concedía una cosa que se llamaban becas. Becas que para estudiantes independizados y currantes como yo eran una bendición caída del cielo (sobre todo cuando tienes que repartir dinero entre comprarte libros que sabes que no puedes coger de la biblioteca porque vas a subrayar y marcar de mala manera.. y comer, que también me gusta hacer). Una de estas becas te ofrecía una cantidad limitada de dinero para que te fueras a cualquier país anglófono del mundo y estuvieras un mínimo de 3 semanas aprendiendo inglés. Esta no dependía de méritos, si no de suerte, pero muchos la pudimos aprovechar. Cómo teníamos que escoger una escuela, decidí irme a ver que ofrecía una cadena como el International House. Éstos, sabiendo de la nueva tirada de becas estaban preparando varios paquetes que cumplían las condiciones... no se cómo pero la chica me acabo convenciendo de que añadiera más dinero y me fuera al International House de Cairns, Queensland, Australia.

Un més después y tras 24 horas de aviones variados, sin apenas dormir porque la señora de al lado necesitaba levantarse cada media hora para ir al baño, mi maleta perdida en Londres, sin ducharme y un ataque de alergia brutal en el último avión de tanto aire reciclado… conseguí, por fin, salir de esa especie de contiuum de aeropuertos. Y salí en lo que, esencialmente, son los pantanos de las afueras de Cairns dónde, al parecer, hay aún cocodrilos, al menos eso indicaban los carteles en la carretera y así me confirmaron mis conductores.

Las semanas que siguieron me hicieron entender que no tenía ni la más mínima idea de donde me había metido. Y cómo Allan, pero en mi caso de forma más paulatina, descubrí que estaba en una de las zonas más peligrosas del mundo. Sí, no dejan de insistir que no tiene que pasar nada y a Bill Bryson y Allan no les pasó nada... pero yo si tuve un par de encontronazos con la realidad biológica del país que podríamos considerar interesantes: nada de echidnas o dulces koalas, no, un cassowary salvaje en la playa de Cape Tribulation mientras estabamos en bañador y maravillados como lerdos de lo bonita y, sobre todo, solitaria que es, ay inconscientes; o la serpiente arbórea que decidió bajarse por el porche del mini bungalow donde estábamos alegremente haciendo mojitos. Tienes esos momentos extraños en Australia cuando descubres que lo que revolotea alegremente por encima de Cairns no son águilas, si no enormes murciélagos probablemente más grandes que tu, que además resulta que te distraen en tu camino hasta que notas un pinchazo del copón en el pie, miras abajo y una hormiga de las que llaman 'Lemon Ant' se lo esta pasando genial en tus pies, momentos en que quieres dormir y la multitud de pájaros tropicales que inundan la zona te echan un conciertazo que ni Wagner todas las mañanas a las 5.

Y eso no es nada comparado con las muchas páginas que tardaría en explicar la locura de la gente del lugar.

Fue, probablemente uno de los meses más divertidos que he pasado. Aunque salí de allí sin estar demasiado segura de que acababa de pasar y de que tipo de país es Australia. Sigo sin saberlo, si soy sincera. Pero enamorada lo suficiente del lugar que apunto estuve de buscar una oficina de inmigración para poder quedarme.

En el momento de ir a Australia no tenía la más mínima idea de quien era Bill Bryson, así que menos aún sabía que tenía un libro sobre el país. Nunca he investigado demasiado a Bryson, a pesar de que lo que he encontrado sobre él se hacía siempre interesante... error; sólo hace poco descubrí que tenía este libro sobre Australia, indicador claro de un tipo de ceguera por mi parte pues hubiera sido de lo más útil.

Ahora que lo he terminado no puedo mas que parafrasear algunas de las críticas de las que mi copia de Down Under presume en la portada y la contra portada, pues lo dicen mejor de lo que yo podría: básicamente Bill Bryson llega a algún lugar, se pasea por dicho lugar y cuando te lo cuenta, de la manera que te lo cuenta, no haces más que reírte sentado tomando un café o en el sofá de casa cómo si estuvieras con él, no sabes como pero lo más mundano se convierte en una experiencia única y divertida.

No os puedo explicar más que eso, lo tenéis que leer vosotros pues el libro es una serie de anécdotas e historias que tienen gracia cuando él las explica, un americano que vive en Inglaterra y que decide conocer Australia, uno de los países más alejados de todo, de los más grandes y extremos que existen. De los más divertidos también, al menos si eres capaz de tomarte las cosas con el sentido de humor y buena disponibilidad de Bryson,

En mi más que humilde opinión un país capaz de producir tanto a cocodrilo Dundee como a Steve Irwin (o al  profesor sonao que me reprodujo una carrera de caballos con piezas de ajedrez a través de una ventana, sonidos incluidos, mientras trataba de escribir un mail a casa) bien se merece que le prestemos un poco de atención.






En las Antípodas
Bill Bryson
RBA
ISBN: 9788498678345



















[Imagen Australische Fauna via Vintage Printable]

18 septiembre 2013

The Drifter de Taylor Steele






Hoy por hoy y entre la mayoría de mis amigos soy relativamente famosa por ser la plasta que no soporta ir a la playa en verano, las conversaciones en las que los pobres intentan convencerme para ir son casi épicas. Desde aquí, y si me llegáis a leer, lo siento, se que lo hacéis de buena gana y siento también ser la alegría de la huerta al respecto, pero, de nuevo, lo siento, no soporto las playas de la zona de Barcelona. No puedo, me superan; esas masas de gente que necesitan sentarse bien cerquita, sacudirte toda la arena encima, poner la radio a tope y gritar en lugar de hablar, sumado al sol en mi cabeza... no es conductivo a mi buen humor. Y eso no tiene porqué aguantarlo nadie.

Con todo, supongo que resulta irónico que en realidad me fascine tanto el mar y que la playa me encante, pero no, no es un oxymoron vital, me encantan las playas. Crecer los veranos en la Platja Llarga de Tarragona, con kilómetros de arena para mis hermanos y para mi, la del Miracle donde apenas estábamos los pringaos de las lecciones de Optimist y nadie más, la casita de mis tíos delante de la arena o aquellas playas solitarias y desérticas que descubrí en algunos viajes (las negras de Islandia, las blancas de Australia), hace que a la que oigo regaetton tenga que darme media vuelta. Me he vuelto snob, prefiero hacer cualquier otra cosa antes que alimentar mis instintos asesinos, es una de mis grandes contribuciones ciudadanas. 

¿Se hacer surf? Leches, no, habré crecido en una playa pero el mediterráneo es una piscina para niños pequeños. De todas formas en ocasiones me encantaría aprender, así que paso épocas en las que me dedicó a tragarme documentales y demás sobre surf. ¿Me sirve de algo? No mucho, sigo sin saber hacer surf (pero a cambio se que tiene su origen en Hawaii que se llamaba 'heʻe nalu' y que era una expresión artística).

Lo primero que me atrajo de Rob Machado es su apellido. Es el apellido de mi poeta español preferido, así que no pude evitar acordarme de él. Con el tiempo descubrí que es uno de los profesionales de surf más famosos y respetados del mundo. Pero no únicamente del deporte en sí, Rob Machado se está convirtiendo en una especie de mito de un tipo de vida, heredera de esos viajeros románticos de antaño, un vagabundeo moderno en busca de olas. 

Y The Drifter (2009) tiene mucho que ver con eso.

La narrativa de The Drifter es muy, muy similar a los tópicos en los que se crea ese viajero romántico, que lentamente se aleja del ruido urbano en busca de una esencia o una comprensión, encontrando habitantes "nativos" por el camino. Grecia o España en el XVIII, Indonesia para el surfista moderno, no hablamos de nada nuevo. 

En todo este proceso es divertido leer las críticas y comentarios a The Drifter que se encuentran por internet (ese pseudo país), perfectamente válidos en algunos aspectos, si no fuera porque muchos huelen a envidia cochina. 

Los deportistas de élite tienen como material base su propia persona, su cuerpo y lo que éste puede hacer es su producto principal, ser consciente de eso y escoger una narrativa concreta para presentarse es esencial para muchos. Es algo que, además, hacemos todos en otros niveles. Mis piercings, mis tatuajes, la cámara de película que cargo conmigo siempre, las bolsas de tela que uso, los libros que llevo encima, los skynnies negros rotos que más me pongo, mis camisetas sencillas que uso, los pañuelos que últimamente me da por usar en el pelo, mis gafas... son elecciones conscientes de un tipo de personalidad que proyecto al mundo; una personalidad que muchos encajan en lo de hipster y que consideran falsa. Si no fuera que de guay tengo poco para empezar, luego siempre me pregunto ¿"Falsa" respecto a qué? Yo sigo siendo yo, no sabía que tuviera que rendir cuentas ante un tribunal invisible de aceptación como persona. 

Muchas de las críticas lo acusan dicen que "no es un documental, es una película", asumiendo que un documental no usa de elementos estructurales básicos a cualquier tipo de narración. ¿Hace falta que comente acerca de la absurdidad de tal creencia? Somos historias, nos creamos a base de historias, tanto las que empiezan como "érase una vez" cómo las que no, tanto las que explicamos a los demás como las que nos explicamos a nosotros mismos (mi snobismo asoma de nuevo). 

The Drifter es un producto heredero de toda una narrativa romántica del héroe a la deriva por caminos poco transitados. Si buscáis algo nuevo definitivamente no paséis por aquí; el atractivo reside, en este caso, en la formulación, en una voz distinta, en la creación de una imagen espectacular, maravillosa de contemplar. Pues, a pesar de que la narrativa pueda parecer manida, que después de años de estudiar como el héroe o la heroína se definen y defienden en caminos desconocidos... como una mosca a la miel me he ido a ver los paisajes de Indonesia, la gente, la naturaleza, lo que cuenta este tipo. La playa. 

¿Qué será que tiene el mar que, cómo el fuego, puedes estar contemplándolo horas sin cesar? 



PS: bla bla bla bla ¿y porqué tengo siempre la sensación de decir lo mismo? probablemente por que siempre digo lo mismo, *lesigh*. 
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